…..no bien había llegado a la puerta, ya sintiéndose herido echándose la lamo al pecho, no pudo decir más que esto: “Me han herido”,. Bajó dos peldaños de la escalera que da entrada al edificio y cayó para no levantar más. La metralla le había seccionado la aorta.
Roca de Togores, el otro Teniente de la Compañía, corría entre tanto camino del Hospital de Pinto. Herido en el vientre con cinco perforaciones en el intestino, según se aprecio después, sobrevivió cinco días en la cama del Hospital, hasta que Dios se lo llevó. Tan fino, tan culto, tan austero, no quiso quedarse con nosotros.
Había dejado su puesto en la Embajada de Lisboa por exponer su vida con los Regulares, en el holocausto a la amada Patria. Murió como Héroe: Con orgullo en la sonrisa, patriotismo en las palabras y firme fe religiosa en el alma.
Después de este episodio, la Segunda Compañía volvió a ocupar el extremo meridional del Pingarron , y a su lado se distribuyeron convenientemente los soldados de la Compañía de Ametralladoras. Doscientos metros atrás protegidos por una débil tapia, de no mayor altura de una vara, encuéntranse los restos de la Primera Compañía, mandada ahora por el Alférez Matin, que en su herida de hoy no ha querido encontrar motivo para ser evacuado
Los dos extremos de este Servicio casi tocan en las trincheras que rodean la loma, de modo que vienen a constituir una especie de apotema geométrico
Durante un día el enemigo quiso ahora desalojarnos de tan importantísima posición. Más de mil proyectiles han caído a este objeto. Conocen sin duda la extraordinaria importancia estratégica de esta loma y saben que, dueños de ella quedará cortado a nuestras Fuerzas a este lado del Jarama el paso del puente, único medio de comunicación que tienen con la retaguardia nuestras dos columnas de la derecha: De Asensio y de Buruaga.
La Tercera, de Barrón, situada a la izquierda tiene un paso frente a la Mañosa.
No por otra circunstancia son frecuentes y terribles los ataques al Pingaron, loma insignificante, en forma de nave, en cuyo espolón norte se asienta un edificio de tres pabellones, mientras en el meridional está abierto por nuestras trincheras. Veintitrés tanques enemigos se han acercado a seiscientos metros de nuestras líneas, sin que haya sido posible combatirlos; no tenemos cañones, ni fusiles antitanques, solo con un arma hemos luchado: La resistencia silenciosa.
Esta ha infundido en el enemigo firme convicción de que les esperamos en la trinchera y ha atemorizado a los nutridos batallones que tras los tanques han quedado, a seiscientos metros sin avanzar un paso más. Hemos tenido algunas balas. Entre ellas la del Teniente Bizcarte, herido en el hombro izquierdo por una bala explosiva que le produjo terrible desgarramiento.
Sin embargo con la noche ha llegado la más sorprendente calma.
Acostumbrados a los constantes “fregados” de Casa de Campo, no deja de sernos extraños este silencio de vanguardia en el que ni un solo tiro se oía.
Y es que todo en la vida tiene su compensación.
Fama épica tiene ya los ataques de este Sector,y es justo que las furiosas acometida del día sean reemplazos durante la noche con la mayor tranquilidad. Ello nos permite esperar la noche para cumplir con las exigencias excretoras de nuestro organismo.
Durante el día nadie piensa en salir de las trincheras.

La noche se aprovecha para trabajar. Faltan sacos terreros, bombas de mano y cartuchos de fusil. Hemos obtenido quinientos sacos, seis cajas d granadas de mano y doce de cartuchos. Cuando los sacos llenos han sido convenientemente colocados y las cajas distribuidas nos disponemos a dormir.
Es la una de la mañana. En nuestra chabolas colocadas en el centro geométrico del arco que forman nuestra trincheras no caben más de tres personas. Nosotros somos cuatro.Pero la guerra tiene la virtud de dar alojamiento para cuatro donde sólo caben tres.
Hemos dormido hasta las seis de la mañana. A esta hora un proyectil de cañón nos indica que los enemigos quieren repetir por todo el día los propósitos del anterior . Los veintitrés tanques de ayer han vuelto a colocarse a los seiscientos metros, y tras ellos numerosos núcleos de Infantería. Como infernal catarata ha comenzado para nosotros toda la furia de los cañones , morteros, tanques, ametralladoras y fusiles enemigos. Cábenos como ayer, esperar a que el enemigo llegue al alcance Fracasó sin duda nuestro Séneca cuando pronunció aquel apotema: “Si vis tibi omia subjiet, te subjiet rationi”. ¿Cómo habríamos encontrado valor para resistir, si hubiéramos oído a lo razonable?
Una loma de quinientos metros cuadrados no debía de tardar en ser completamente removida por aquella Artillería que nos prometía más de mil disparos en un solo sol. Debíamos pensar que ni un solo quedaría indemne.Sin embargo, confiamos ciega e infundadamente en la impericia de los artilleros enemigos
A esto de las doce de la mañana habían caído ya en nuestra posición más de quinientos proyectiles de Artillería.
Casi callados, pues las horas trágicas tienen la virtud de enmudecer, hemos pasado el día. Largo como las angustias de un condenado a muerte.
Cuando se pone el sol y ya oscurecido cala el diabólico estruendo de cañones, tanques y morteros, calculamos el número de proyectiles caídos en nuestra loma, y convenimos que no es menor de 1.300. Los tanques, no los calculamos. Contamos nuestras bajas y se nos cae el alma al saber que de una sección quedan diez hombres.

Sabedores de que nuestra seguridad se hallaba exclusivamente en la fortaleza de nuestras trinchera, creímos necesario cavar hasta hacerla bien profunda y cubrir con gruesos maderos, ramajes, sacos terreros y gleba el mayor trayecto. El fresco de la noche nos despertó el deseo de tomar el pico o la pala alternativamente.
Tan satisfechos nos encontrábamos con tales herramientas que comentamos alegremente el dicho de Garfield: ” Si la ruda laboriosidad no es de talento, es su mejor suplente”.
La repercusión de los golpes de herramienta destrozo un reloj, pero todos conseguimos ahuyentar el frío y hasta ponernos de buen humor
Y hasta no faltaron deseos de trocar el agua por el vino, si a nuestro alcance hubiera estado. Pensamos en el optimismo del borracho y hasta encontramos buenas aquellas palabras de Baudelaire: ” Estad ebrios siempre de amor, de virtud o de vino”
Creíamos en aquel momento que, convertido en agua el vino, no nos faltaba completamente la embriaguez del vino, de la virtud y del amor.

Dios escucho mi ruego, al fin. Un golpe en el costado izquierdo me advirtió de la herida, cuando de la Compañía quedaban ocho sin haber sido herfidos.A la derecha aún Vivian seis de los dieciséis soldados de Caballería venidos de refuerzo.
Literalmente abatido y sintiendo cierta conmoción interior, me hizo pensar de manera poco optimista sobre la herida. Me acosté un momento en la trinchera. El valiente Romay, siempre sereno y animoso, corría de un lado a otro alentando a los soldados y espiando los propósitos de la Infantería enemiga, colocada también hoy tras los tanques. Hubo un momento en que todo pareció perdido . Los enemigos avanzaron lentamente. Sus pelotones viéronse caer como mieses que cortaba la guadaña, mas otros sucedían a los caídos.
Las fuerzas de la Octava Bandera y una Compañía del Bon de Toledo que protegían nuestra derecha, cedieron de pronto al empuje enemigo, precisamente en el momento que, batidos nosotros por tres lados, recibía Romay una herida que le obligaba a dejar la trinchera.
Quedaban cuatro hombres. Me levanté como pude y llegue hasta los soldados de Caballería, cuando no quedaban más que dos de los míos. Los gritos de :”No tenemos municiones mi Alférez” me hicieron recobrar la fortaleza y quise arrastrar hasta ellos una caja que los míos no podían emplear ya.
La trinchera estaba completamente reomitida y grandes terraplenes habían roto su continuidad.
Como a mis fuerzas no estaba permitido arrastrar la caja hasta ellos, fui arrojando los paquetes de uno en uno. Cuando terminé, quedaban dos soldados de Caballería y dos de los míos.
Un proyectil enterró nuestra última ametralladora y quedamos reducidos a tres fusiles
No sé que vértigo de locura se apoderó de mi. Llevaba mi herida hacía una hora y hube de pesar en abandonar la trinchera, más ¿Cómo hacerlo por la cumbre de aquella loma que por lados batía el enemigo?. Aún así era el único camino posible
La noche anterior nuestros Ingenieros pretendieron abrir una zanja que sirviese para la evacuación de los heridos el abastecimiento de la avanzada; más hubieron de desistir cuando no habían alcanzado mayor profundidad de una vara: Habían encontrado el fondo pétreo sulfuroso de la loma.
Me encomendé nuevamente a la Virgen y salí. No se cuantas veces caí al suelo, obligado más por mi debilidad que por el fuego enemigo. Parecíame entonces perdida la lucidez de mis facultades todas, que nada terrible podía ya sucederme. Llegando por fortuna al abrigo de la casa, continué andando hasta llegar al subterráneo, antes bodegón y ahora botiquín.
¡Qué espectáculo más terrible para los ojos¡ Viviera 969 años del hijo de Eoch y aún le recordaría. Cientos de hombres bañados en la propia sangre con los miembros rotos, arrancados, los rostros amarillentos y los ojos vueltos o cerrados, gemían con espantosos alaridos o con quejas apenas perceptibles. Los médicos no se daban manos a curar.
De pronto alguien profirió este grito:”Salgan todos los heridos; ya editan aquí los enemigos”.
Algo que no es dado a hombre alguno de escribir pasó entonces. Hombres con piernas destrozadas intentaban, vertiendo chorros de sangre, ponerse en pie, para caer de nuevo; algunos que esperaban desnudos la intervención del médico corrieron como locos, abandonando en el camino el continuo hilillo de sangre que les escapaba; otros hubo que solo consiguieron levantar la manos porque su cuerpo quedo pegado al suelo; y hasta los que habían cerrado sus ojos , los abrieron tristemente para cerrarlos al instante por toda la eternidad.
Aquí caían algunos, después de haber dado al suelo con su sangre toda; poco más allá quedaban otros, a quienes la precipitación trabo los pies, haciendo bueno aquel pensamiento de Séneca: ”La precipitación tropieza en los propios talones y se traba y detiene a si mismo”.
Todo gritaban, invocando el auxilio del compañero; mas ninguno se encontraban con fuerzas para salvarse a si mismo.
¡Día veintitrés de Febrero, día épico del Pingaron: no te olvidaremos jamás!
Simboliza la fama del guerrero, el poder del héroe, la del creyente y la debilidad del hombre.
REGULAR D.
EL PINGARRON NO CAYÓ EN PODER DEL ENEMIGO…..

